Plenilunio en Cunduacán
Heberto Taracena Ruiz y la juvenil lectura coral, nos devuelven, con “Minipoemario lunar”, la mirada al infinito, las alas del sueño, la palabra perdida en las letras insulsas, en las “canciones” obscenas y la anti poesía: nos colocan “un pedazo de luna en el bolsillo”. Porque con Jorge Luis Borges, ya nos miramos en la luna: “Hay tanta soledad en ese oro. / La luna de las noches no es la luna/ que vio el primer Adán. Los largos siglos/ de la vigilia humana la han colmado/ de antiguo llanto. Mírala. Es tu espejo”.
Porque con “Luna congelada”, de Mario Benedetti, “con esta soledad/Inservible/ Vacía/ se puede algunas veces/entender/el amor”. Y lo hallamos con Miguel Hernández: “entre la luna y el sol/ que se buscan y no se hallan/ tú y yo. / Pero por fin se hallarán/ nos hallaremos, amor,/ y el mundo será redondo/ hacia nuestro corazón”.
En la presentación del libro, en la Casa de la Cultura de Cunduacán, este domingo 22, el cantante Daniel Balladares dio voz a quienes cantan como Manuel Pérez Merino y su “Luna sobre el Grijalva”, que al llamarla “flor en el espacio, claridad viajera de la eternidad” nos evocó “Media luna”, de Federico García Lorca: “La luna va por el agua,/ ¿Cómo está el cielo tranquilo?/ Va segando totalmente/ el temblor viejo del río/ mientras que una rana joven/ la toma por espejito”.
Ya sabemos, por Jaime Sabines, que “un pedazo de luna en el bolsillo/ es mejor amuleto que la pata de conejo,” y que “la luna se puede tomar a cucharadas/ o como una cápsula cada dos horas/. Es buena como hipnótico y sedante/ y también alivia/ a los que se han intoxicado de filosofía”. Heberto dice que tiene sabor a jarabe.
Con 74 páginas y 237 minipoemas, el poeta acata la promesa de Neruda a la luna: “en nombre de todos/ los poetas/ que te amaron/ inútilmente:/ abriremos/ mi paz de piedra pálida,/ entraremos/ en tu luz subterránea,/ se encenderá/ fuego/ en tus ojos muertos,/fecundaremos/ tu estatura helada”. En su prólogo, que leyó, Carlos E. González Gutiérrez, dice: “Heberto no espera la noche; espera a la luna porque sabe que la noche solamente es el vestido de lentejuelas” y que Heberto nos regala un pedazo de luna para guardar bajo la lengua. Gracias, poeta. Y gracias, Martha y Chema, por el libro
