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Villahermosa de caramelo

Villahermosa de caramelo

Manuel García Javier

Cuánta razón tenía Chabuca Granda al definir a Villahermosa como una “ciudad de caramelo”. No era una frase ligera ni producto de la emoción pasajera; era la síntesis de una vivencia profundamente estética, casi poética, de aquella capital tropical que en los años setenta respiraba armonía, música y color.

Corría 1975, cuando el emblemático Bar Reina —enclavado en lo que hoy conocemos como el Centro Histórico— se convertía en santuario de bohemia y cultura. Ahí, la autora de La flor de la canela y Fina estampa regalaba al público tabasqueño lo mejor de su repertorio, dejando entre acordes una declaración que el tiempo no ha podido borrar: su enamoramiento por Villahermosa.

Y no era para menos. En aquellos días, la primavera hacía su trabajo con precisión de artista: los macuilis florecían sobre el Paseo Tabasco tiñéndolo de rosa, mientras sus pétalos caían como alfombra natural, otorgándole a la ciudad una elegancia que parecía sacada de un sueño. Era una postal viva, un escenario donde la realidad se volvía mágica. Así era Villahermosa: una ciudad donde lo tangible se vestía de imaginación.

La propia Chabuca, en entrevistas posteriores —como la concedida al periodista Isidro Pedrero Totosaus en Perú—, insistía en esa imagen casi irreal de la capital tabasqueña.

En los años sesenta, el entonces alcalde Ramón Magaña Romero fue duramente criticado por sembrar cientos de guayacanes. El tiempo, juez implacable, le dio la razón: Villahermosa se pintó de amarillo y silenció a sus detractores con la fuerza de la naturaleza florecida.

Después vendrían otras apuestas: siembra de“lluvia de oro” y, ahora, la nochebuena, el cempasúchil… intentos —algunos acertados, otros discutibles— por mantener viva esa vocación estética de una ciudad que, sin discusión, es un lienzo natural.

Y mientras la memoria se aferra a esos paisajes, siguen resonando las canciones de Manuel Pérez Merino, que describen lo que hoy es la capital del Edén:

Cuando florecen los guayacanes y macuilises,

es Villahermosa la más hermosa de las ciudades;

con maquillaje especial, la feria llega triunfal,

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y en el ambiente reina imponente la primavera.

Hoy, quizá, aquella “ciudad de caramelo” se diluye entre el crecimiento desordenado y la prisa moderna. Pero los guayacanes y macuilises continúan dándole el toque mágico de una ciudad como de caramelo. Es todo.

 

 

Manuel García Javier


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