Se alocó la flaca
La desdichada flaca se alocó. Como reptil se deslizó hasta la zona de primera clase del vuelo comercial Villahermosa-Ciudad de México y, apenas tuvo enfrente al gobernador, lanzó su dardo: “Miren ustedes al demócrata gobernador”. Buscaba provocar un escándalo, pero recibió exactamente lo contrario: un saludo cordial y una sonrisa serena.
Al ver frustrado su intento, perdió el control. Elevó la voz y repitió las mismas acusaciones de siempre, sin aportar una sola prueba que las respaldara. El espectáculo duró poco. Una sobrecargo, con educación y firmeza, le indicó que debía retirarse de esa sección del avión porque no podía permanecer ahí. No le quedó más remedio que marcharse, aunque todavía alcanzó a responder con un forzado: “No se preocupe, señorita”.
La escena retrató la pobreza educativa de la agresora que, con el calificativo de “demócrata”, usado como si fuera una ofensa, exhibió ser profunda neófita que pasó de noche la Universidad. Basta abrir el diccionario para recordar que demócrata es quien defiende la democracia y respeta la ley y la voluntad popular. Difícilmente puede considerarse un agravio.
También conviene recordar que la Ley Federal de Austeridad Republicana, promovida en 2019, regula a la administración pública federal. Los gobiernos estatales y municipales se sujetan a sus propios marcos normativos, por lo que no existe una prohibición general que impida a un gobernador viajar en primera clase cuando ello se realiza conforme a la legislación aplicable.
Y si de ejemplos internacionales se trata, en Estados Unidos tampoco existe una prohibición absoluta para que un servidor público viaje en primera clase. Puede hacerlo con recursos propios; con fondos de campaña, siempre que sean debidamente reportados; o, en ciertos casos, con recursos oficiales cuando las normas lo justifican.
En realidad, el episodio confirma una práctica cada vez más frecuente: convertir cualquier circunstancia en motivo de escándalo, aunque los hechos no sostengan el discurso. Hay quienes han hecho de la descalificación permanente su principal actividad, convencidos de que el ruido sustituye a los argumentos y que el insulto vale más que la evidencia.
Pero no. La estridencia jamás reemplazará a los hechos. Y el espectáculo, por más escandaloso que sea, nunca será sinónimo de verdad. Es todo.
