Ni casa de oración ni refugio santificado
“Pero él no la quiso oír, sino que pudiendo más que ella, la forzó, y la violó” “2ª de Samuel 13:14”*
*Lo ocurrido el miércoles 7 de enero en la parroquia de San Juan Bautista, ubicada en el fraccionamiento Plaza Villahermosa, por sus antecedentes no puede reducirse a la categoría de “hecho aislado” ni a un simple episodio delictivo. Se trata de un acontecimiento que exhibe fallas estructurales, negligencias institucionales y una preocupante lógica de poder que, cuando no se revisa, termina normalizando la violencia incluso en espacios que se presumen sagrados*
*La agresión sexual, lesiones graves e intento de feminicidio cometido contra una dama de la tercera edad dentro de un anexo destinado a la adoración rompen de manera brutal con la idea de refugio, seguridad y confianza que una iglesia católica debería representar. No ocurrió en una zona marginal ni en un horario nocturno. Ocurrió a plena luz del día, a las 15:00 horas, en el anexo de una parroquia ubicada en una de las zonas de mayor poder adquisitivo de Villahermosa*
*Una parroquia con alta afluencia diaria y manejo abundante de recursos económicos. Eso agrava el hecho, no lo atenúa. El hallazgo de la víctima por parte del sacerdote “Pancho Baeza” y la intervención obligada de los servicios de emergencia y la policía desmontan cualquier intento posterior de minimizar lo sucedido. La magnitud de la agresión hizo imposible el silencio de lo que ha sido ubicado, -además-, cómo un intento de feminicidio. Sin embargo, la reacción institucional posterior sí deja dudas legítimas*
*Resulta, cuando menos, alarmante que una parroquia de estas características no cuente con vigilancia permanente ni con un sistema de videovigilancia funcional efectiva, pese a manejar recursos suficientes para remodelaciones millonarias y eventos constantes. La versión de que la cámara de seguridad ubicada en el área donde ocurrieron los hechos “no funcionaba” cómo opción no fue aceptada de manera automática ni ingenua*
*En un contexto estatal donde la violencia de género es una emergencia reconocida, la inoperancia de un mecanismo básico de prevención y evidencia no sería un detalle técnico: sería una omisión grave. La consecuencia directa fue la impunidad inmediata del agresor, quien pudo ingresar, cometer el delito y huir sin obstáculos. Aquí el análisis social se cruza inevitablemente con la negligencia administrativa. La responsabilidad no se limita al autor material del delito*
*Existe una cadena de decisiones, o de ausencia de ellas, que generaron condiciones propicias para que el delito ocurriera: la falta de vigilancia, la ausencia de protocolos de seguridad, la inexistencia de controles de acceso y la carencia de una política mínima de protección para mujeres vulnerables y feligreses son atribuibles a quien ejerce el control absoluto del recinto*
*Las quejas reiteradas de vecinos y feligreses sobre la actitud del párroco Pancho Baeza, descrito como prepotente, confrontativo y poco dispuesto al diálogo comunitario, no pueden separarse del contexto actual. Una gestión autoritaria, centrada en el control y no en la corresponsabilidad, suele derivar en decisiones unilaterales que priorizan intereses económicos, eventos masivos o prestigio personal, por encima de la seguridad y el bienestar colectivo*
*El conflicto con los vecinos, arrastrado desde hace años, evidencia otro problema de fondo: la ruptura del tejido comunitario. La parroquia, originalmente edificada por los propios vecinos hace cuatro décadas para atender una necesidad espiritual local, terminó convirtiéndose en un espacio sobredimensionado, con ampliaciones cuestionadas, afectaciones viales graves y actividades que poco tienen que ver con su función pastoral*
*Cuando un templo se percibe más como centro de negocios o salón de eventos para comidas privadas que como espacio de oración, el mensaje que se envía es claro y profundamente contradictorio. La indignación vecinal no surge sólo por el delito reciente, sino por una acumulación de abusos, desaires y decisiones tomadas sin consulta. La exigencia de que la iglesia deje de ser parroquia refleja un hartazgo social ante una institución que dejó de sentirse propia y comenzó a percibirse como ajena, invasiva y económicamente opaca*
*Desde el punto de vista político-social, este caso interpela directamente a la jerarquía eclesiástica, el gordo Pancho Baeza es ubicado por los vecinos como “uno de los consentidos del Obispo”, ubican su toma de postura; ausencia de transparencia ¿Experiencia previa? El manejo opaco del caso del sacerdote Héctor Alejandro Pérez, dejó un antecedente incómodo: cuando la institución opta por cerrar filas y maquillar versiones, el costo no es sólo reputacional, sino moral y social*
*La Iglesia, como actor social relevante, no puede exigir valores éticos mientras evade la rendición de cuentas. No puede predicar protección al vulnerable mientras tolera negligencias parroquiales que facilitan violaciones sexuales de esta magnitud, la peor violencia ejercida contra la dignidad de una dama adulta mayor. Y no puede hablar de casa de oración cuando permite que intereses económicos y egos personales desplacen la misión pastoral y en el mismo recinto de oración violen con una violencia extrema a una dama de edad mayor al grado que sus lesiones tengan que ser clasificadas cómo intento de feminicidio*
*Este caso no es únicamente sobre un crimen atroz contra una mujer de la tercera edad. Es sobre la relajación del uso del poder, la falta de controles, la normalización de la impunidad y el riesgo de que espacios simbólicamente sagrados se conviertan en territorios sin vigilancia ni responsabilidad. La pregunta no es sólo qué pasó, sino qué se hará para que no vuelva a pasar y quién asumirá el costo político, social y moral de lo ocurrido, los vecinos inconformes se preguntan si seguirá la impunidad a favor de Pancho Baeza*
*Callar ya no es una opción aceptable. Y mirar hacia otro lado, tampoco. Menos el seguir los pasos fiadores de don Gerardo de Jesús Rojas, bueno para señalar la paja en el ojo ajeno del gobierno; pero, que no dice nada de la viga que tienen en el intolerante gordo Pancho Baeza y menos cuando sucede algo tan grave como es este hecho tan lamentable en un lugar tan sagrado como lo es el anexo de la Parroquia de San Juan Bautista*
*Tabasco mira cara a cara lo que la nomenclatura católica se niega reconocer: que cuando la sotana pesa más que la verdad, la fe es sitiada por la impunidad generando que la parroquia le falle a las damas más vulnerables y los hechos rasguen el rostro oculto de la parroquia, arruinando el maquillaje: ni casa de oración ni refugio santificado*
*SEPTIMO SELLO*
*Aquí debería entrar la limpieza ministerial por parte del obispo. Su inacción no es neutra. En contextos como este, la pasividad equivale a avalar ¿Antecedentes? La opacidad escandalosa del sanchicidio del sacerdote Héctor Alejandro Pérez en Gaviotas Sur, donde la versión oficial intentó sostenerse pese a evidencias contrarias, al final dejó una referencia preocupante*
*La tendencia a proteger la institución antes que a la verdad. Esa lógica en pleno siglo XXI ya no funciona; triste, pero al obispo sus huestes le han salido “sepulcros blanqueados”: unos adictos al “sanchicidio”, otros al fariseísmo y relajamiento religioso. Tabasco es en una sociedad hiperconectada, vigilante y cansada de simulaciones*
*SEPTIMA TROMPETA*
*El fondo del asunto es brutalmente doloroso: ninguna mujer debería sufrir un intento de feminicidio y agresión sexual dentro de una iglesia. Nunca. Menos en un recinto tan sagrado como el cuarto de oración. Cuando eso ocurre, la respuesta del líder de la iglesia católica no puede ser administrativa ni discrecional. Debe ser contundente, transparente, firme y ejemplar. Mateo 21:13 no es una cita decorativa. Es una advertencia. Cuando la casa de oración se transforma en espacio de poder, dinero y control, pierde su razón de ser*
*SEPTIMA COPA*
*Y cuando además se vuelve insegura, deja de ser refugio para las almas necesitadas y se convierte en amenaza. Este caso exige algo básico, pero, escaso: verdad, responsabilidad y cambios reales. No comunicados tibios. No cosméticos episcopales. No cámaras que aleguen “falta de funcionalidad” y luego salgan con que siempre sí. Porque cuando lo sagrado falla, el daño no es sólo individual. Es social. Y eso, por incómodo que resulte, también es político*
