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Maldito carbón

Maldito carbón

Manuel García Javier

Hasta hace pocos años era común ver en las comunidades de Tabasco las carboneras donde campesinos de escasos recursos encontraban una forma de ganarse unos cuantos pesos para llevar comida a sus familias. Incluso en la colonia Casa Blanca, en Villahermosa, existieron grandes bodegas donde se almacenaba y comercializaba el producto.
Pero si hubo un lugar donde esta actividad alcanzó mayores dimensiones fue en el municipio de Centla, donde durante años la explotación de la madera de mangle fue dejando una dolorosa huella en uno de los ecosistemas más importantes de Tabasco.
Era común observar cayucos cargados con madera de mangle que llegaban hasta las orillas de las carreteras, donde se levantaban rudimentarios hornos para convertirla en carbón.
Con el paso de los años, las autoridades ambientales endurecieron la vigilancia y las restricciones para combatir la tala y proteger manglares, debido al enorme daño ecológico que ocasiona su destrucción y a las emisiones contaminantes asociadas con la producción de carbón.
Nadie puede estar en contra de proteger los manglares ni de combatir la devastación ambiental. El problema aparece cuando, detrás de una política necesaria, se termina castigando con toda la fuerza del Estado a quienes apenas buscan sobrevivir.
Hoy, aquellas pequeñas industrias que durante años dieron sustento a familias humildes están prácticamente en vías de extinción. Y lo más lamentable es que algunos pequeños productores terminan siendo tratados como si fueran grandes delincuentes ambientales. ¡Vaya!, hasta parecen haber inventado una nueva categoría criminal: los “sicarios del carbón”, los auténticos “carbonchicoleros”.
Ahí está el drama de una humilde familia que, por intentar comercializar unos cuantos costalillos de carbón terminó enfrentando el peso de la ley.
No se trata de justificar la depredación de los manglares. Una cosa es combatir a quienes destruyen nuestros recursos naturales por negocio y otra muy distinta es criminalizar al pobre que vende unos cuantos costales de carbón para comer.
Maldito carbón: tan negro como la pobreza que, a veces, obli

Manuel García Javier


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