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Reforma electoral contundente

Reforma electoral contundente

Por José García Sánchez

 

La reforma electoral está entrampada en el tiempo, si es audaz parecería radical y atentatoria contra la oposición. Si sólo piensa ser reactiva y remendar los defectos que produce tantos años de estancamiento en la evolución de las leyes electorales, sería rebasada a los pocos meses, es decir, en las elecciones del próximo año.

No puede ir muy lejos, pero tampoco puede caminar un trayecto corto, pero debe caminar. Ese es el reto.

Si tomamos en cuenta los requisitos legales, técnicos, políticos y electorales que exige una reforma, es necesario que sea trazada no sólo para mañana sino para pasado mañana.

Desconocemos cuándo habrá una reforma electoral otra vez, con transformaciones suficientemente profundas como para requerir cambios en la Constitución.

La reforma debe adelantarse a los problemas, preverlos y darles solución antes de que sucedan, objetivo que colocaría al gobierno actual en el centro de una crítica permanente de los conservadores, a través de sus aliados incondicionales: los medios convencionales de comunicación.

Es decir, mientras más hacia futuro se plantee la reforma, tendrá mayores afectados pero mejores resultados.

Si la reforma electoral se mueve poco, si no es lo necesariamente radical que se requiere, decepcionará a la mayoría de la población que ya no quiere mantener partidos parásitos ni legisladores sin representación.

La mayoría de los mexicanos quiere medidas extremas que pueden ser radicales hoy pero evitarán conflictos a mediano y largo plazos.

La reforma está avalada por los votos de la gente, su alcance será producto de las opiniones de la sociedad y su perfeccionamiento resultado del debate parlamentario.

Posponer cambios concretos que todos esperan implica, para la mayoría de los mexicanos, un simple ajuste en las leyes. No basta actualizar las normas de las elecciones. Porque sería tanto como cambiarle el logo al IINE como muestra de una transformación de utilería.

Si el apoyo mayoritario de la sociedad otorgado al gobierno es inédito, la propuesta desde el gobierno debe responder y ser congruente con este respaldo, incluso extrema, porque mientras tenga mayor alcance en el tiempo sin necesidad de reformarse de nuevo será más sólida y tendrá un mayor apoyo popular.

La trampa es el tiempo de caducidad y la presión que ejerce una oposición para evitar cambios sustanciales. Eso que los medios nombran Ley Maduro inmortalizando a sus enemigos involuntariamente, la reforma es satanizada antes de conocerse, temen que la gran fuerza social que le da soporte, vuelva a ganar terreno. No se trata de una polarización donde una sirva de contrapeso a la otra, sino de una mayoría aplastante, asentada en resultados electorales y apoyos populares, contra una minoría, no sólo de derecha sino protectora de privilegios clasistas.

La derecha conoce su fragilidad de ahí que trate de disfrazarse de fuerza política fuerte ya que no puede ampararse en la pobre representación de partidos opositores; sin embargo, son los que libran la batalla contra la reforma como si representaran a alguien, carecen de ideas, propuestas, militantes y votos.

Es por eso que surge el Frente Amplio Democrático, que ni es frente porque sus integrantes no llegan a 500 personas, ni es amplio por razones obvias y mucho menos es democrático porque sólo representa a medio millar de nostálgicos del pasado.

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Los firmantes del documento que hicieron famoso los medios convencionales son reconocidos delincuentes electorales, pero salvaguardados por la reiterada imposición mediática de sus declaraciones que los hace parecer libres de pecado.

No somos iguales ni en ideas ni en cantidad de miembros ni de simpatizantes. Las ideas pueden debatirse y llegar a un acuerdo pero el número de personas que rechazan a aprueban una les es importantes define.

El documento imaginado de la reforma electoral que entró a los medios por la puerta trasera, como un rumor, incluso como un chisme creado por una derecha que muere de miedo antes de fallecer por inanición.

La sociedad civil, que dice representa la derecha, es la antítesis de la palabra pueblo para la derecha, al igual que la reforma electoral, no existe todavía. Su expresión más aproximada a lo real fue la reunión amorfa de la llamada “marea rosa” o “Generación Z”, conjunto de individualidades poco informadas, mal organizadas, sin objetivos ni líderes, que intentó salir a las calles colmo quien asiste a un safari en África.

Esa derecha, extraviada entre el nulo apoyo popular y la nostalgia por el pasado, es depredadora de la política, que desconoce y nunca practica. Sobre esas condiciones crea un movimiento contra una reforma constitucional fantasmal, algo inédito en la historia de México. El miedo a perder su poder es tan grande que impulsó la creación de un grupo ante un cambio que evaporará a ese grupo.

La derecha asegura representar a una parte importante de la población, pero los resultados en las urnas la desmienten.

La Chispa


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